miércoles, 19 de febrero de 2014

Libro. Venezuela


Los acontecimientos que definen nuestra vida son y serán impredecibles, tanto como nuestra existencia y la consciencia de estar vivos, por lo que es imposible decidir y realmente esperar hacer un camino. Yo no podría haber decidido si existía o no, no podría haber decidido ser quien soy, así como no podría haber decidido nacer en Venezuela, pero a final de cuentas existo, soy así y soy venezolana. Pude haber sido de otro país, con otra personalidad, podría haber sido alta y de tez morena, podría haber tenido mucho dinero, y hasta podría no existir; pero aquí estoy con la consciencia suficiente como para pensar, sentir y escribir que aunque en el fondo no quiera, me encanta una arepa con queso, me siento orgullosa de ser zuliana cuando veo el puente General Rafael Urdaneta, se me eriza la piel cuando hablan de Bolívar, me dan ganas de llorar cuando la Vinotinto anota un gol y se me encoge el corazón al escuchar y recordar que “llevo tu luz y tu aroma en mi piel”.

El problema es que Venezuela se ha ensuciado demasiado, en vez del cuatro en el corazón hay dólares en los bolsillos y sangre en las manos. Cuando alguien decía que le duele la muerte de cualquier venezolano, me costaba creerlo, siempre pensé que era falso, ¿cómo alguien iba a sentir la muerte de alguien que no conocía?, era mi primer pensamiento, es cierto, a veces pienso a sangre fría; de alguna manera, no sé cómo creo que ya lo entiendo, he visto varias muertes de varios jóvenes últimamente y siento una gran tristeza, ahora me doy cuenta que proviene de una gran impotencia, una rabia inmensa, todavía no logro identificar el origen pero creo que es bueno que al menos lo sienta, porque de una forma u otra me duele el país.

Quisiera que no me doliera para que no me afectara nada, quisiera haber nacido en otra tierra, quisiera hablar otro idioma, tener otros problemas para olvidarme de este, pero es que no se puede, porque nací aquí y aunque no quiera, aunque me rehuse, toda esta mierda que pasa me duele, aunque me vaya de esta tierra algún día y tenga todo lo que ahora me niega mi pasado siempre me recordará que fue Venezuela quien me vio nacer, me enseñó a ganar y me enseñó a perder. Que no importa cuánto lo niegue, no importa en qué lugar del mundo me encuentre buscaré el sabor de mi queso palmita en la comida, el olor a café en la mañana no será el mismo, el color del atardecer no tendrá las mismas tonalidades y aunque tenga nueva tierra donde caminar no habrá punto con el cual comparar.

Y pensando aún más a futuro, lo más triste es que en algún punto quienes se van, olvidan todo este amor, este arraigo profundo con nuestra patria, con nuestra gente, con el lugar donde pertenecemos. Pero siento miedo, mis calles me dan miedo, mi gente me da miedo, la fragilidad de mi vida en estos momentos, me aterra; y es que el ser humano orienta todas sus acciones y decisiones para preservar y mejorar su vida, ¿cómo mejorar mi vida en Venezuela, si apenas puedo preservarla? Entonces llegamos a una encrucijada donde juegan: Los ideales y la vida. ¿Es correcto cambiar una por la otra? Pareciera imposible tener ambas.


Nuestra historia no ha terminado, de hecho en estos momentos, conmigo, todos escriben las páginas de Venezuela, entonces lo justo es esperar, porque nadie puede ser feliz leyendo un libro sin terminar.